El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pero un eclesiástico… —insinuó el coadjutor.
—¡Más garantías, señor Mendes, más garantías! —exclamó el canónigo. Y parándose, en actitud confidencial—: Y además a mí me conviene, Mendes. ¡A mí me conviene, amigo mío!
Hubo un pequeño silencio. El coadjutor dijo, bajando la voz:
—Sí, Su Señoría se porta muy bien con la Sanjoaneira.
—Hago lo que puedo, mi caro amigo, hago lo que puedo —dijo el canónigo. Y con tono tierno, risueñamente paternal—: porque ella se lo merece, se lo merece. ¡Buena a más no poder, amigo mío! —Se detuvo, abriendo mucho los ojos—: Fíjese que el día en que no le aparezco a las nueve en punto de la mañana, se pone enferma. «¡Oh, criatura!», le digo yo, «se atormenta usted sin razón». Pero entonces me sale con lo del cólico que tuve el año pasado. ¡Adelgazó, señor Mendes! Y además no hay detalle que se le pase. Ahora, por la matanza del cerdo, lo mejor del animal es para el «padre santo», ¿sabe?, es como me llama ella.
Hablaba con los ojos brillantes, con apasionada satisfacción.
—¡Ah, Mendes! —añadió—. ¡Es una mujer maravillosa!