El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Y una hermosa mujer —dijo el coadjutor respetuosamente.

—¡Y además eso! —exclamó el canónigo parándose otra vez—. ¡Y además eso! ¡Qué bien conservada! ¡Tenga en cuenta que ya no es una niña! Pero ni un pelo blanco, ¡ni uno, ni uno solo! ¡Y qué color de piel! —Y en voz más baja con sonrisa golosa—: ¡Y esto de aquí, Mendes, y esto de aquí! —Indicaba la parte del cuello bajo el mentón, acariciándola despacio con su mano gordezuela—: ¡Es una perfección! Y además mujer limpia, ¡de muchísima limpieza! ¡Y qué detallitos! ¡No hay día que no me mande su presente! ¡Que si el tarrito de mermelada, que si el platito de arroz con leche, que si la estupenda morcilla de Arouca! Ayer me mandó una tarta de manzana. ¡Tendría usted que haber visto aquello! ¡La manzana parecía crema! Hasta mi hermana Josefa lo dijo: «¡Está tan rica que parece cocinada en agua bendita!». —Y poniendo la palma de la mano sobre el pecho—: ¡Son cosas que le tocan a uno aquí dentro, Mendes! No, no es hablar por hablar, como ella no hay otra.

El coadjutor escuchaba con la taciturnidad de la envidia.



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