El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Yo ya sé —dijo el canónigo parando otra vez y desgranando lentamente las palabras—, yo ya sé que por ahí murmuran, murmuran… ¡Pues es una grandísima calumnia! Lo único cierto es que le tengo muchísimo cariño a esa gente. Ya se lo tenía cuando vivía el marido. Usted lo sabe bien, Mendes.
El coadjutor hizo un gesto afirmativo.
—¡La Sanjoaneira es una mujer decente! ¡Es una mujer decente, Mendes! —exclamaba el canónigo golpeando fuertemente el suelo con la puntera de su quitasol.
—Las lenguas del mundo son venenosas, señor canónigo —dijo el coadjutor con voz llorosa. Y, tras un silencio, añadió en voz baja—: ¡Pero todo eso debe de salirle caro a Su Señoría!
—¡Pues ahí está, amigo mío! Imagínese que desde que se fue el secretario general la pobre mujer ha tenido la casa vacía: ¡yo he tenido que poner para la olla, Mendes!
—Pero ella tiene un capitalito —consideró el coadjutor.
—¡Un pedacito de tierra, señor mío, un pedacito de tierra! ¡Y hay que pagar impuestos, salarios! Por eso digo que el párroco es una mina. Con los seis tostones que él le dé, con lo que yo ayude, con alguna cosa que ella saque de la venta de las hortalizas de la finca, ya se arregla. ¡Y para mí es un alivio, Mendes!