El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Es un alivio, señor canónigo! —repitió el coadjutor.
Quedaron en silencio. La tarde descendía muy limpia; en lo alto el cielo tenía un color azul pálido; el aire estaba inmóvil. Por aquel tiempo el río iba muy vacío; fragmentos de arenal brillaban en las partes secas; y el agua baja se arrastraba con una agitación blanda, toda arrugada por el roce con las piedras.
Dos vacas guardadas por una chiquilla aparecieron entonces por el camino embarrado que desde el otro lado del río, frente a la alameda, discurre junto a un zarzal; entraron despacio en el río y, extendiendo el pescuezo pelado por el yugo, bebían levemente, sin ruido; a veces levantaban la cabeza bondadosa, miraban en torno con la pasiva tranquilidad de los seres hartos, e hilos de agua, babados, brillantes, les colgaban de las comisuras del morro. Con el declinar del sol, el agua perdía su claridad espejada, se extendían las sombras de los arcos del puente. Sobre las colinas crecía un crepúsculo difuminado y las nubes color sangre y naranja que anuncian el calor componían, hacia el mar, un decorado magnífico.
—¡Bonita tarde! —dijo el coadjutor.
El canónigo bostezó y haciendo una cruz sobre el bostezo:
—Vamos acercándonos a las Avemarías, ¿eh?