El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Cuando, al poco tiempo, subÃan las escaleras de la catedral, el canónigo se detuvo y se volvió hacia el coadjutor:
—Pues ya está decidido, amigo Mendes, meto a Amaro en casa de la Sanjoaneira. Es una suerte para todos.
—¡Una gran suerte! —dijo respetuosamente el coadjutor—. ¡Una gran suerte!
Y entraron en la iglesia, persignándose.