El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Una semana después se supo que el nuevo párroco llegaría en la diligencia de Chão de Maçãs, que trae el correo de la tarde; y desde las seis el canónigo Dias y el coadjutor paseaban por el Largo do Chafariz, a la espera de Amaro.
Era hacia finales de agosto. En la larga alameda adoquinada que transcurre junto al río, entre las dos hileras de viejos chopos, se entreveían vestidos claros de señoras que paseaban. Por la parte del Arco, en la zona de casuchas pobres, las viejas cosían en las puertas; niños sucios retozaban en el suelo, mostrando sus enormes vientres desnudos; y las gallinas que los rodeaban picaban vorazmente las inmundicias olvidadas. Alrededor de la sonora fuente en la que los cántaros se arrastraban sobre la piedra, reñían las criadas y galanteaban los soldados de uniforme sucio y enormes botas combadas, agitando varitas de junco; con su panzudo cántaro de barro equilibrado en la cabeza sobre un rodete, las muchachitas se alejaban en parejas, meneando las caderas; y dos oficiales ociosos, con el uniforme desabrochado en el estómago, conversaban, aguardando «a ver quién venía». La diligencia tardaba. Cuando llegó el crepúsculo, una lucecita brilló en la hornacina del santo, encima del Arco; y enfrente se iban iluminando una a una, con una luz lúgubre, las ventanas del hospital.
