El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Ya había anochecido cuando la diligencia, con sus luces encendidas, entró en el puente al trote desmadejado de sus flacos caballos blancos y fue a detenerse junto a la fuente, debajo de la fonda del Cruz; el dependiente del tío Patricio salió enseguida corriendo hacia la plaza con el paquete de los Diarios Populares; el tío Baptista, el patrón, con la cachimba negra a un lado de la boca, aflojaba las correas, maldiciendo tranquilamente; y un hombre que venía en el asiento acolchado, junto al cochero, con sombrero alto y holgado manteo eclesiástico, descendió con cautela, agarrándose a los respaldos de hierro de los asientos, golpeó el suelo con los pies para desentumecerlos y miró alrededor.

—¡Eh, Amaro! —gritó el canónigo, que se había aproximado—. ¡Oh, bribón!

—¡Profesor! —dijo el otro con alegría. Y se abrazaron, mientras el coadjutor, encogido, permanecía con el bonete entre las manos.

Poco después las gentes que estaban en las tiendas vieron cruzar la plaza, entre la lenta corpulencia del canónigo Dias y la figura delgada del coadjutor, a un hombre un poco curvado, con un manteo de cura. Se supo que era el nuevo párroco y pronto se dijo en la botica que era «un hombre de buena figura». El João Bicha, delante, llevaba un baúl y una talega de lona; y, como a aquella hora ya estaba borracho, iba rezongando el «Bendito».


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