El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Eran casi las nueve y ya era completamente de noche. Las casas en torno a la plaza estaban ya adormecidas: de las tiendas situadas bajo la arcada salía la luz triste de los candiles de petróleo, y en su interior se percibían figuras somnolientas empeñadas en seguir charlando en el mostrador. Las calles que daban a la plaza, tortuosas, tenebrosas, con una iluminación moribunda, parecían deshabitadas. Y en el silencio la campana de la catedral tocaba lentamente a ánimas.
El canónigo Dias explicaba cachazudamente al párroco «lo que le había conseguido». No le había buscado casa: habría que comprar muchos muebles, encontrar una criada, ¡gastos innumerables! Le había parecido mejor conseguirle habitación en una casa de huéspedes respetable, muy confortable. Y en esas condiciones —y allí estaba el amigo coadjutor, que podía decirlo— no había otra como la de la Sanjoaneira. Era una casa muy aireada, limpia, la cocina no daba olores; allí habían estado el secretario general y el inspector de enseñanza. Y la Sanjoaneira —el amigo Mendes la conocía bien— era una mujer temerosa de Dios, de cuentas claras, muy económica y muy servicial…
—¡Estará usted allí como en su propia casa! Con su cocido, su plato fuerte, su café…
—Vamos a ver, profesor: ¿precio? —dijo el párroco.