El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Nada de sustos, mi querida señora. Es natural. Son los quince años de la chiquilla. Mañana le vendrán los vértigos y las náuseas… Después, se acabó. Ya es una mujer.

La Sanjoaneira comprendió.

—Esta chiquilla tiene la sangre viva, ¡va a ser de pasiones fuertes! —añadió el viejo médico, sonriendo y aspirando su pulgarada de rapé.

Por aquella época, una mañana, tras desayunar sopas de ajo, el señor chantre cayó muerto de repente por una apoplejía. ¡Qué consternación inesperada para la Sanjoaneira! Durante dos días, desmelenada, en enaguas, lloró y gimió por las habitaciones. Doña María da Assunção, las señoras Gansoso fueron a calmar, a suavizar su dolor; y doña Josefa Dias resumió las conclusiones de todas, diciendo:

—¡Tranquila, hija, que no ha de faltar quien te ampare!

Empezaba entonces septiembre; doña María da Assunção, que tenía una casa en la playa de A Vieira, propuso que la Sanjoaneira y Amélia fuesen a pasar allí la temporada de baños para que ella liberase su dolor en un lugar diferente, en aquellos aires benéficos.

—Es una caridad que me haces —le había dicho la Sanjoaneira—. Me viene continuamente a la cabeza que si era allí donde dejaba el paraguas, que si era allí donde se sentaba para verme coser…


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