El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Bueno, bueno, olvídate de eso. Come y bebe, toma tus baños y lo pasado, pasado está. Date cuenta de que él ya tenía sus buenos sesenta años.
—¡Ah, querida! Con el trato se le coge cariño a la gente.
Amélia tenía entonces quince años, pero ya era alta y de bonitas formas. ¡Fue una delicia para ella la temporada en A Vieira! Nunca había visto el mar, y no se cansaba de estar sentada en la arena, fascinada por el vasto mar azul, muy calmo, lleno de sol; a veces cruzaba el horizonte la delgada humareda de un barco; la monótona y susurrante cadencia de las olas la adormecía; y alrededor el arenal centelleaba, perdiéndose de vista bajo el azul turquesa.