El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡Qué bien lo recordaba! ¡Por la mañana, se levantaba enseguida! Era la hora del baño: las casetas de lona se alineaban a lo largo de la playa; las señoras, sentadas en sillitas de madera, bajo las sombrillas abiertas, conversaban mirando al mar; los hombres, con zapatos blancos, tumbados en esteras, chupaban sus cigarros, trazaban dibujos en la arena; mientras tanto, el poeta Carlos Alcoforado, muy fatal, muy observado, paseaba por la orilla solo, taciturno, seguido de su terranova. Ella entonces salía de la caseta con su vestido de franela azul, la toalla bajo el brazo, tiritando de miedo y de frío: se había persignado a escondidas y temblando mucho, cogida de la mano del bañero, resbalando en la arena, entraba en el agua, rompiendo con dificultad la marejada verdosa que hervía alrededor. La ola llegaba espumando, ella se sumergía y se quedaba saltando, sofocada y nerviosa, escupiendo el agua salada. Pero cuando salía del mar, ¡qué contenta estaba! Jadeando, con la toalla sobre la cabeza, se arrastraba hasta la caseta pudiendo apenas con el peso del vestido empapado, risueña, llena de energía; y alrededor, voces amigas preguntaban:
—¿Qué tal, qué tal? Más fresquita, ¿eh?
Después, por la tarde, paseaba a la orilla del mar, recogiendo conchitas; veía la recogida de las redes, en las que bullían miles de sardinas vivas; ¡y qué amplias perspectivas de ocasos magníficamente dorados sobre la inmensidad del mar triste que se oscurece y gime!