El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Doña María da Assunção había recibido a su llegada la visita de un joven, hijo del señor Brito de Alcobaça, pariente suyo. Se llamaba Agostinho, iba a cursar quinto año de derecho en la universidad. Era un muchacho delgado, de bigote castaño, perilla, cabello crecido peinado hacia atrás y monóculo: recitaba versos, sabía tocar la guitarra, contaba anécdotas de novatos, gastaba bromas y en A Vieira era famoso entre los hombres porque «sabía conversar con las señoras».
—¡El Agostinho, menudo tunante! —decían—. Cucamona a ésta, cucamona a aquélla. ¡No hay otro como él para la vida social!
Desde los primeros días Amélia se dio cuenta de que los ojos del señor Agostinho Brito se fijaban constantemente en ella, galanteándola. Amélia se ponía muy colorada, sentía cómo el pecho se le dilataba bajo el vestido; y lo admiraba, lo encontraba muy «delicado». Un día, en casa de doña María da Assunção habían pedido a Agostinho que recitase.
—¡Oh, señoras, éste no es el lugar apropiado! —exclamó él, jovial.
—¡Venga!, no se haga de rogar —dijeron, insistiendo.
—Bueno, bueno, no vamos a enfadamos por eso.
—La Judía, Brito —le sugirió el recaudador de Alcobaça.