El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Qué Judía! —dijo él—. Recitaré, pero recitaré la Morena. —y miró hacia Amélia—. Es una poesía que compuse ayer.

—¡Muy bien, muy bien! y aquí está el acompañamiento —dijo un sargento del sexto de cazadores cogiendo la guitarra.

Se hizo un silencio: el señor Agostinho se echó el pelo hacia atrás, aseguró el monóculo, apoyó las dos manos en el respaldo.

—¡Para la «Morena» de Leiría! —dijo:

Nasceste nos verdes campos

onde Lema e famosa,

tens a frescura da rosa,

e o teu nome sabe a me!…

—Disculpen —exclamó el recaudador—. Doña Juliana no se encuentra bien.

Era la hija del notario de Alcobaça; se había puesto muy pálida y, lentamente, se desmayaba en su silla, con los brazos colgándole, el mentón sobre el pecho. La rociaron con agua, la llevaron a la habitación de Amélia; cuando le desabrocharon el vestido y le hicieron respirar vinagre, se incorporó sobre el codo, miró alrededor, comenzaron a temblarle los labios y rompió a llorar. Fuera, un grupo de hombres comentaba:

—Ha sido el calor —decían.

—El calor que ella tiene bien sé yo cuál es —rezongó el sargento de cazadores.


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