El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El señor Agostinho se atusaba el bigote, contrariado. Algunas señoras habían ido a acompañar a su casa a doña Juliana. Doña María da Assunção y la Sanjoaneira, metidas en sus chales, también se iban. Soplaba el viento, un criado portaba un farolillo y todos caminaban por la arena, callados.
—Todo esto te viene muy bien —le dijo en voz baja, rezagándose un poco, doña María da Assunção a la Sanjoaneira.
—¿A mí?
—A ti. ¿O no te has dado cuenta? Juliana, en Alcobaça, era la novia de Agostinho. Pero el chico aquí bebe los vientos por Amélia. Juliana se dio cuenta, lo oyó recitar esos versos, mirar hacia ella… ¡zas!
—¡Ésas tenemos! —dijo la Sanjoaneira.
—Tú déjalo correr. Agostinho tiene un par de miles de cruzados que le dejan las tías. ¡Es un partidazo!
Al día siguiente, a la hora del baño, la Sanjoaneira se vestía en su barraca y Amélia, sentada en la arena, esperaba, mirando al mar embobada.
—¡Hola! ¿Solita? —dijo una voz a su espalda.
Era Agostinho. Amélia, callada, empezó a hacer dibujos en la arena con la sombrilla. Agostinho suspiró, alisó con el pie otra parcela de arena, escribió AMÉLIA. Ella, muy ruborizada, quiso borrarlo con la mano.