El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Vaya! —dijo él—. Es el nombre de la «Morena», ya ve. ¡Su nombre sabe a miel!…

Ella sonrió:

—Ande, que ayer hizo que se desmayase la pobre Juliana —dijo.

—¡Vaya! ¡Y a mí qué me importa! ¡Estoy harto de ese estafermo! ¿Qué quiere? Yo soy así. De la misma manera que digo que ella no me importa, también digo que existe una persona por la que lo daría todo… Yo sé…

—¿Por quién? ¿Por doña Bernarda?

Era una vieja hedionda, viuda de un coronel.

—Sí —dijo él riendo—. Es de doña Bernarda precisamente de quien ando yo enamorado.

—¡Ah! ¡Está usted enamorado! —dijo ella despacio, con la mirada baja, haciendo rayas en la arena.

—Dígame una cosa, ¿está usted tomándome el pelo? —exclamó Agostinho, cogiendo una sillita, sentándose a su lado.

Amélia se levantó.

—¿No quiere que me siente a su lado? —preguntó él, ofendido.

—Es que estoy cansada de estar sentada.

Permanecieron callados durante un momento.

—¿Ya se ha bañado? —dijo ella.

—Ya.

—¿Estaba fría? —Sí.


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