El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Las palabras de Agostinho eran ahora muy secas.

—¿Se ha enfadado? —dijo ella dulcemente, poniéndole con suavidad la mano sobre el hombro.

Agostinho levantó la mirada y al ver su bonito rostro trigueño, tan risueño, exclamó con vehemencia:

—¡Estoy loco por usted!

—¡Chist!… —dijo ella.

La madre de Amélia, levantando el toldillo de la caseta, salía, muy acalorada, con un pañuelo atado alrededor de la cabeza.

—Más fresquita, ¿eh? —le preguntó entonces Agostinho, sacándose su sombrero de paja.

—¿Estaba por aquí?

—He venido a echar un vistazo. Y ahora viene bien un desayunito, ¿no?

—Si invita… —dijo la Sanjoaneira.

Agostinho, muy galante, ofreció su brazo a la mamá.

Y desde aquel momento seguía siempre a Amélia, por la mañana en el baño, por la tarde a la orilla del mar, le cogía conchas; y le había hecho otros versos, El sueño. Una estrofa era violenta:

Sentite contra o meu peito

tremar, palpitar, ceder…

Ella los repetía en un murmullo, de noche, con gran emoción, suspirando, abrazándose a la almohada.


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