El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Octubre acababa, las vacaciones habían terminado. Una noche, el alegre grupo de doña María da Assunção y sus amigas había salido a dar un paseo a la luz de la luna. Pero a la vuelta se levantó viento, pesadas nubes empastaron el cielo, cayeron unas gotas de agua. Estaban junto a un pequeño pinar y las señoras, entre grititos, quisieron resguardarse. Agostinho, con Amélia del brazo, riendo, fue penetrando en la espesura, lejos de las demás; y entonces, bajo el monótono y doliente susurro de las ramas, le dijo en voz baja, apretando los dientes:
—¡Estoy loco por ti, querida!
—¡Me lo voy a creer! —murmuró ella.
Pero Agostinho, adoptando de pronto un tono serio:
—¿Sabes? Tal vez tenga que irme mañana.
—¿Se va?
—Tal vez; aún no lo sé. Pasado mañana es la matrícula.
—Se va… —suspiró Amélia.
Entonces él le cogió la mano, se la apretó con fuerza.
—¡Escríbeme! —le dijo.
—¿Y usted? ¿Me escribirá a mí? —dijo ella.
Agostinho la asió por los hombros y le machacó la boca con besos voraces.
—¡Déjeme, déjeme! —dijo ella sofocada.