El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaba a Agostinho; y no podía olvidar aquellos besos nocturnos en el pinar cercado. ¡Creyó que nunca más recuperaría la alegría! Acordándose todavía de aquel joven de la historia del tío Cegonha, que por amor se había encerrado en la soledad de un convento, empezó a pensar en hacerse monja: se entregó a una fuerte devoción, manifestación exagerada de las tendencias que, desde pequeñita, había creado en su naturaleza sensible la convivencia con los curas; leía todo el día libros de oraciones; llenó las paredes de su habitación con litografías coloreadas de santos; pasaba largas horas en la iglesia, acumulando salves a la Virgen de la Encarnación. Oía misa todos los días, quiso comulgar todas las semanas. Y las amigas de su madre la consideraban «un modelo, un ejemplo para incrédulos».

Fue en esa época cuando el canónigo Dias y su hermana, doña Josefa Dias, comenzaron a frecuentar la casa de la Sanjoaneira. En poco tiempo el canónigo se convirtió en «el amigo de la familia». Después del desayuno era segura su presencia, con su perrita, como antaño el chantre con su paraguas.

—Le tengo amistad, me hace mucho bien —decía la Sanjoaneira—. Pero el señor chantre, ¡no hay día que no me acuerde de él!


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