El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al salir, cuando Amélia se ponÃa en el pasillo sus prendas de abrigo, João Eduardo fue a decirle, sombrero en mano:
—¡AbrÃguese bien, no coja frÃo!
—¿Sigue interesándose por mÃ, entonces? —dijo ella, ajustando alrededor del cuello las puntas de su manta de lana.
—Todo lo que puedo, créame.
Dos semanas después llegó a LeirÃa una compañÃa ambulante de zarzuela. Se hablaba mucho de la contralto, la Gamacho. Doña MarÃa da Assunção tenÃa un palco, llevó a la Sanjoaneira y a Amélia, quien dos noches antes habÃa estado cosiendo, con un apresuramiento emocionado, un vestido de gasa todo adornado con lazos de seda azul. En la platea —mientras la Gamacho, rebozada en polvo de arroz bajo su mantilla valenciana, agitando con gracia decrépita el abanico de lentejuelas, gorjeaba malagueñas estridentes— João Eduardo no se hartó de contemplar, de desear a Amélia. A la salida fue a cumplimentarla, a ofrecerle su brazo hasta la Rua da Misericórdia: la Sanjoaneira, doña MarÃa da Assunção iban detrás con el notario Nunes.
—¿Le ha gustado la Gamacho, señor João Eduardo?
—A decir verdad, ni siquiera me he fijado en ella.
—¿Qué ha hecho entonces?