El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Mirarla a usted —respondió él resueltamente.
Ella se detuvo y dijo con la voz un poco alterada:
—¿Dónde está mamá?
—¡Deje en paz a su madre!
Y entonces João Eduardo, hablándole muy cerca de su rostro, le declaró «su gran pasión». Le cogió la mano, repetÃa muy perturbado:
—¡Me gusta usted tanto, me gusta usted tanto!
A Amélia la habÃa puesto nerviosa la música del teatro; la noche caliente de verano, con su inmenso esplendor estrellado, la ponÃa muy lánguida. Abandonó su mano, suspirando bajito.
—Le gusto, ¿verdad? —preguntó él.
—Sà —respondió, y apretó con pasión los dedos de João Eduardo.
Pero, como pensó ella, «habÃa sido sólo un arrebato». Porque dÃas después, cuando conoció más a João Eduardo, cuando pudo hablar libremente con él, reconoció que «no tenÃa ninguna inclinación hacia el chico». Lo apreciaba, lo encontraba simpático, buen mozo; podrÃa ser un buen marido; pero en su interior sentÃa su corazón adormecido.