El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El escribiente, sin embargo, comenzó a ir a la Rua da Misericórdia casi todas las noches. La Sanjoaneira lo estimaba por su «decisión» y su honradez. Pero Amélia se mostraba «fría»: lo esperaba por la mañana, asomada a la ventana, cuando él iba a la notaría; le ponía ojos dulces por la noche, pero sólo por no entristecerlo, para mantener en su existencia desocupada un asuntillo amoroso.
Un día João Eduardo le habló a la madre de matrimonio:
—Si Amélia quisiese, por mí… —dijo la Sanjoaneira.
Y Amélia, consultada, respondió ambiguamente:
—Más tarde, de momento no me parece, ya veremos.
Al final se acordó tácitamente esperar hasta que él obtuviera la plaza de escribano del Gobierno Civil, magnánimamente prometida por el doctor Godinho, ¡el temido doctor Godinho!
Así había vivido Amélia hasta la llegada de Amaro: y durante la noche le llegaban fragmentariamente estos recuerdos, como jirones de nubes que el viento va haciendo y deshaciendo. Se durmió tarde, despertó cuando el sol ya estaba alto; y se desperezaba cuando oyó a la Ruça decir en el comedor:
—Es el señor párroco que va a salir con el señor canónigo; van a la catedral.