El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ya desde los primeros días, envuelto suavemente en comodidades, Amaro se sintió feliz. La Sanjoaneira, muy maternal, cuidaba mucho su ropa interior, le preparaba sabrosas comidas y ¡la habitación del señor párroco brillaba como los chorros del oro! Amélia tenía con él una familiaridad picante de pariente bonita: «Habían simpatizado el uno con el otro», como había dicho, muy contenta, doña María da Assunção. Así iban pasando los días para Amaro, fáciles, con buena mesa, colchones mullidos y la compañía afectuosa de las mujeres. La estación discurría tan hermosa que hasta los tilos habían florecido en el jardín del palacio episcopal: «¡Es casi un milagro!», se comentó. El señor chantre, contemplándolos todas las mañanas desde su habitación, en robe de chambre, citaba versos de las Églogas. Y después de las largas pesadumbres de la casa de su tío en A Estrela, de las tristezas del seminario y del crudo invierno en A Gralheira, aquella vida en Leiría era para Amaro como un hogar seco y abrigado donde el alegre fuego crepita y la aromática sopa humea tras una noche de viaje por la sierra bajo truenos y aguaceros.
