El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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VI

Ya desde los primeros días, envuelto suavemente en comodidades, Amaro se sintió feliz. La Sanjoaneira, muy maternal, cuidaba mucho su ropa interior, le preparaba sabrosas comidas y ¡la habitación del señor párroco brillaba como los chorros del oro! Amélia tenía con él una familiaridad picante de pariente bonita: «Habían simpatizado el uno con el otro», como había dicho, muy contenta, doña María da Assunção. Así iban pasando los días para Amaro, fáciles, con buena mesa, colchones mullidos y la compañía afectuosa de las mujeres. La estación discurría tan hermosa que hasta los tilos habían florecido en el jardín del palacio episcopal: «¡Es casi un milagro!», se comentó. El señor chantre, contemplándolos todas las mañanas desde su habitación, en robe de chambre, citaba versos de las Églogas. Y después de las largas pesadumbres de la casa de su tío en A Estrela, de las tristezas del seminario y del crudo invierno en A Gralheira, aquella vida en Leiría era para Amaro como un hogar seco y abrigado donde el alegre fuego crepita y la aromática sopa humea tras una noche de viaje por la sierra bajo truenos y aguaceros.




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