El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Iba temprano a decir misa a la catedral, bien envuelto en su abrigo, con guantes de cachemira, calcetines de lana bajo las botas de caña alta roja. Las mañanas estaban frías: y a aquella hora sólo algunas devotas con el manto oscuro sobre la cabeza rezaban aquí y allí, junto a un altar barnizado de blanco.

Entraba en la sacristía, se vestía deprisa, golpeando los pies contra el enlosado, mientras el sacristán, indolente, relataba «las novedades del día».

Después, con el cáliz en la mano, la mirada baja, entraba en la iglesia; y tras hacer una rápida genuflexión ante el Santísimo Sacramento, subía despacio al altar, en el que dos velas de cera agonizaban con una claridad pálida en la vasta luz de la mañana, unía sus manos, murmuraba, inclinado:

Introibo ad altare Dei

Ad Deum qui laetificat juventutem meam —mascullaba, en un latín silabeado, el sacristán.



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