El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro ya no celebraba la misa como en sus primeros tiempos, con una devoción enternecida. «Ahora estoy habituado», decía. Y como no cenaba, y a aquella hora, en ayunas, con la frescura cortante del aire, ya notaba apetito, chapurreaba deprisa, monótonamente, las santas lecturas de la Epístola y los Evangelios. A sus espaldas, el sacristán, de brazos cruzados, pasaba lentamente la mano por su espesa barba bien rasurada, mirando de reojo a Casimira França, mujer del carpintero de la catedral, muy devota, a la que acechaba desde Pascua. Amplias franjas de luz solar descendían desde las ventanas laterales. Un vago olor a junquillos secos endulzaba el aire.