El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Se fijaba entonces en las gruesas anillas del pescuezo de la Sanjoaneira, como para descubrir en ellas las marcas de los besuqueos del canónigo: «¡Ah, tú, no hay duda, eres una barragana de clérigo! ¡Pero Amélia! ¡Con aquellas largas pestañas caídas, los labios tan frescos!…». Seguramente ignoraba los libertinajes de su madre; o, si los conocía, ¡estaba firmemente decidida a establecerse sólidamente en la seguridad de un amor legal! Y Amaro, desde la penumbra, la examinaba detenidamente como si quisiese verificar en la placidez de su rostro la virginidad de su pasado.

—Cansadito, ¿eh, señor párroco? —dijo la Sanjoaneira. Y dirigiéndose a João Eduardo—: Triunfo, haga el favor, dónde tiene la cabeza.

El escribiente, enamorado, se distraía.

—Le toca a usted —le decía la Sanjoaneira a cada momento.

Se olvidaba de coger cartas.

—¡Ay, chiquillo, chiquillo! —le decía ella con su voz tranquilota—. ¡Le voy a tirar de las orejas!

Amélia seguía cosiendo con la cabeza baja: llevaba puesta una chaqueta negra con botones de vidrio que le disimulaba la forma del pecho.


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