El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La lluvia caía, gruesa. Cuando entró, ya había luz en el comedor. Subió.
—¡Uy, qué frío viene! —le dijo Amélia, sintiendo, al estrecharle la mano, la humedad de la niebla.
Sentada a la mesa, zurcía con un chal sobre los hombros; João Eduardo, a su lado, jugaba a la brisca con la Sanjoaneira.
Amaro se sentó, un poco nervioso: sin saber por qué, la presencia del escribiente le había devuelto de repente el duro golpe de una realidad antipática: y todas las esperanzas que le habían estado bailando una zarabanda en la imaginación se empequeñecían una a una, se marchitaban, viendo allí a Amélia al lado de su novio, inclinada sobre su honesta labor, con su vestido oscuro bien abrochado, junto al candil familiar.
Y todo alrededor le parecía como más recatado, las paredes con su papel de ramajes verdes, el armario lleno de reluciente loza de Vista Alegre, el gracioso y barrigudo cántaro de agua, el viejo piano apenas firme sobre sus tres pies torneados; el palillero tan querido por todos —un cupido gordezuelo con un paraguas abierto erizado de palillos— y aquella tranquila brisca jugada entre las bromas inocentes de siempre. ¡Todo tan decente!