El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Se le ocurrían entonces otras reflexiones: ¿qué gente era aquélla, la Sanjoaneira y su hija, que vivían así, mantenidas por la lubricidad tardía de un canónigo viejo? La Sanjoaneira había sido sin duda hermosa, bien hecha, deseable, ¡en otro tiempo! ¿Por cuántos brazos habría pasado hasta llegar, en el declinar de la edad, a aquellos amores seniles y mal pagados? Las dos mujercitas, qué diablo, ¡no eran honestas! Recibían huéspedes, vivían del concubinato. Amélia iba sola a la iglesia, a la compra, a la finca; y con aquellos ojos tan negros, ¡tal vez hubiese tenido ya un amante! Resumía, hilaba algunos recuerdos: un día en que ella había estado enseñándole en la ventana de la cocina una maceta de geranios, se habían quedado solos y ella, muy ruborizada, le había puesto la mano sobre el hombro y sus ojos brillaban e imploraban; en otra ocasión, ¡ella había rozado su pecho contra su brazo! La noche había caído, con una lluvia fina. Amaro no la notaba, caminando deprisa, ocupado por una sola idea deliciosa que lo hacía estremecer: ¡ser el amante de la hija, igual que el canónigo era el amante de la madre! Imaginaba ya una buena vida escandalosa y regalada; mientras arriba la gorda Sanjoaneira besuqueaba a su canónigo lleno de dificultades respiratorias, Amélia bajaría a su habitación, pasito a pasito, recogiendo su ropa interior, con un chal sobre los hombros desnudos… ¡Con qué frenesí la esperaría! Y ya no sentía por ella el mismo amor sentimental, casi doloroso: ahora la idea tan licenciosa de los dos curas y las dos concubinas, todos compinchados, producía en aquel hombre atado por los votos un placer depravado. Iba por la calle andando a pequeños saltitos. ¡Qué bicoca de casa!


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