El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Y esto! ¡Y esto! —decía, perplejo.
¡Nunca había sospechado un escándalo semejante! ¡La Sanjoaneira, la pachorruda Sanjoaneira! ¡El canónigo, su profesor de moral! ¡Y eso que era un viejo, sin los impulsos de la sangre joven, ya en el sosiego que tendrían que haberle proporcionado la edad, la nutrición, las dignidades eclesiásticas! ¡Qué haría entonces un hombre joven y fuerte que siente vociferar y arder en el fondo de sus venas una vida abundante!… Era, pues, verdad lo que se cuchicheaba en el seminario, lo que le decía el viejo padre Sequeira, cincuenta años párroco en A Gralheira: «¡Todos son del mismo barro!». Todos son del mismo barro: medran en dignidades, entran en los cabildos, rigen los seminarios, dirigen las conciencias envueltos en Dios como en una absolución permanente y, entretanto, mantienen en una callejuela a una mujer pacata y gorda en cuya casa descansan de las actitudes devotas y de las austeridades del oficio, fumando cigarros de estanco y palpando unos brazos rechonchos.