El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Un día Amaro fue a comer a casa de doña María da Assunção; después había ido a pasear por la carretera de Os Marrazes y, a la vuelta, hacia el final de la tarde, al entrar en casa encontró la puerta de la calle abierta; sobre el felpudo, en el descansillo, estaban las chinelas de orillo de la Ruça.
—¡Tonta de chica! —pensó Amaro—. Ha ido a la fuente y se ha olvidado de cerrar la puerta.
Recordó que Amélia había ido a pasar la tarde con doña Joaquina Gansoso, en una finca al lado de A Piedade, y que la Sanjoaneira había hablado de ir a ver a la hermana del canónigo. Cerró despacio la puerta, subió a la cocina a encender su candil; como las calles estaban mojadas por la lluvia de la mañana, aún llevaba puestas botas de goma; sus pasos no hacían ruido en el suelo; al pasar ante el comedor oyó en la habitación de la Sanjoaneira, a través del repostero de tela, una tos gruesa; sorprendido, descorrió con cuidado una esquina del repostero y observó por la rendija de la puerta entreabierta. ¡Oh, Dios de Misericõrdia! La Sanjoaneira, en ropa interior, se abrochaba el corsé; ¡y sentado al borde de la cama, en mangas de camisa, el canónigo Dias resoplaba con fuerza!
Amaro bajó, agarrado al pasamanos, cerró la puerta con mucho cuidado y caminó sin rumbo por los alrededores de la catedral. El cielo se había nublado, caían pequeñas gotas de lluvia.