El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Entonces la Sanjoaneira, a quien no le gustaba ver a la gente «pasmada», proponía una brisca de tres; y el padre Amaro, cogiendo su candil de latón, bajaba a su habitación, muy infeliz.

Esas noches casi detestaba a Amélia; la encontraba vulgar. La intimidad del escribiente en la casa le parecía escandalosa: decidía incluso hablar con la Sanjoaneira, decirle «que aquel galanteo de puertas adentro no podía ser del agrado de Dios». Después, más razonable, resolvía olvidarla, pensaba incluso en irse de la casa, de la parroquia. Se imaginaba entonces a Amélia con su corona de flores de naranjo y a João Eduardo, muy colorado, vestido de frac, volviendo de la catedral, casados… Veía el lecho nupcial con sus sábanas de encaje… Y todas las pruebas, las certezas del amor de ella por «el idiota del escribiente» se le clavaban en el pecho como puñales…

—¡Pues que se casen y que se los lleve el diablo!…

En aquellos momentos la odiaba. Cerraba violentamente la puerta con llave, como para impedir que entrase en la habitación el rumor de su voz o el frufrú de sus faldas. Pero al poco tiempo, como todas las noches, escuchaba con el corazón palpitante, inmóvil y ansioso, los ruidos que ella hacía al desnudarse, todavía charlando con su madre.


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