El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Los peores momentos para Amaro eran los lunes y los miércoles, cuando João Eduardo iba a pasar las noches «en familia». El párroco no salía de su habitación hasta las nueve; y cuando subía para el té, se desesperaba al ver al escribiente envuelto en su manta, sentado al lado de Amélia.

—¡Ay, cuánto han estado hablando estos dos, señor párroco! —le decía la Sanjoaneira.

Amaro sonreía, lívido, partiendo despacio su tostada, con los ojos clavados en su taza. Amélia, en presencia de João Eduardo, no tenía con el párroco la misma familiaridad alegre, apenas levantaba los ojos de su labor, el escribiente, callado, chupaba su cigarro: y había grandes silencios en los que se oía el ulular del viento que corría por la calle.

—¡Mire que quien ande ahora por las aguas del mar! —decía la Sanjoaneira, trabajando despacio en su calcetín.

—¡Uf!… —añadía João Eduardo.

Sus palabras, sus modales, irritaban al padre Amaro: lo detestaba por su escasa devoción, por su hermoso bigote negro. Y ante él se sentía más apocado en su timidez de cura.

—Toca algo, hija —decía la Sanjoaneira.

—¡Estoy tan cansada! —respondía Amélia, recostándose en el respaldo de la silla, con un suspirito fatigado.


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