El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaro leía hasta tarde, un poco turbado por aquellos períodos sonoros, rebosantes de deseo, y a veces, en el silencio, oía crujir encima el lecho de Amélia: el libro se le caía de las manos, apoyaba la cabeza en el respaldo de la butaca, cerraba los ojos y le parecía verla en camisa, ante el tocador, deshaciéndose las trenzas; o desabrochándose las ligas, inclinada, y el escote de su camisa entreabierta dejaba ver dos pechos muy blancos. Se levantaba, apretando los dientes, con una decisión brutal de poseerla.

Empezó entonces a recomendarle la lectura de los Cánticos a Jesús.

—Ya verá, es muy bonito, ¡de mucha devoción! —le dijo una noche, dejándole el librito en la cesta de la costura.

Al día siguiente en el desayuno, Amélia estaba pálida, las ojeras le llegaban hasta la mitad de la cara. Se quejó de insomnio, de palpitaciones.

—¿Y qué? ¿Le gustaron los Cánticos?

—Mucho. ¡Qué bonitas oraciones! —respondió.

Durante todo ese día no miró a Amaro. Parecía triste y a veces, sin motivo, el rostro se le abrasaba en sangre.


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