El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Su voz se arrastraba con melancolía; y Amaro, espirando el humo de su cigarro, se sentía penetrado por un sentimentalismo agradable.

Cuando bajaba a su habitación, de noche, siempre lo hacía excitado. Se ponía entonces a leer los Cánticos a Jesús, traducción del francés publicada por la Sociedad de Escravas de Jesús. Es una obrita beata, escrita con un lirismo equívoco, casi obsceno, que da a la oración el lenguaje de la lujuria: Jesús es invocado, reclamado con la ansiedad balbuciente de una concupiscencia alucinada: «¡Oh! ¡Ven, amado de mi corazón, cuerpo adorable, mi alma impaciente te desea! ¡Te amo con pasión y desespero! ¡Abrásame! ¡Quémame! ¡Ven! ¡Aplástame! ¡Poséeme!». Y un amor divino, ora grotesco por la intención, ora obsceno por su materialidad, gime, ruge, declama de esa manera en cien páginas inflamadas donde las palabras «gozo, delicia, delirio, éxtasis» regresan a cada momento, con una persistencia histérica. Y después de los monólogos frenéticos que exhalan un aliento de celo místico vienen bobadas de sacristía, insignificantes explicaciones beatas resolviendo casos difíciles de ayunos, ¡y oraciones para los dolores del parto! Un obispo aprobó aquel librito bien impreso; las educandas lo leen en el convento. Es beato y excitante; tiene las elocuencias del erotismo, todas las cursilerías de la devoción; se encuaderna en tafilete y se entrega a las confesadas: ¡es la cantárida canónica!


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