El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Después de cenar hacían una visita a la tullida. La lamparilla agonizaba en la cabecera de la cama; y la pobre vieja, con una lúgubre cofia de punto negro que volvía más lívida su carita arrugada como una manzana reineta, abultando casi imperceptiblemente bajo la ropa de cama, fijaba en todos, con temor, sus ojillos cóncavos y llorosos.
—¡Es el señor párroco, tía Gertrudes! —le gritaba Amélia al oído—. Viene a ver cómo está.
La vieja hacía un esfuerzo, y con una voz gimiente:
—¡Ah! ¡Es el chico!
—Es el chico, sí —decían riendo.
Y la vieja se quedaba murmurando, asombrada:
—¡Es el chico, es el chico!
—¡Pobre de Cristo! —decía Amaro—. ¡Pobre de Cristo! ¡Dios le dé una buena muerte!
Y volvían al comedor, donde el canónigo Dias, enterrado en el viejo butacón de tela verde, con las manos cruzadas sobre el vientre, decía:
—¡Toca un poquito de música, pequeña!
Amélia se sentaba al piano.
—A ver, hija, toca el Adeus —le recomendaba la Sanjoaneira, empezando con su calcetín.
Y Amélia, hiriendo el teclado:
Aí! adeus! acabaramse os días
que ditoso viví ao teu lado…