El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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A aquella hora aparecía siempre el canónigo Dias: lo oían subir pesadamente, diciendo desde la escalera:

—¡Permiso para dos!

Eran él y la perra, Trigueira.

—¡Muy buenas noches nos dé Dios! —decía, asomando por la puerta.

—¿Hace una gotita de café, señor canónigo? —preguntaba la Sanjoaneira.

Él se sentaba, exhalando un profundo «¡Uf, venga esa gotita de café!», y palmeaba el hombro del párroco mirando a la Sanjoaneira:

—Entonces, ¿qué tal va su niño?

Reían; llegaban las historias del día; el canónigo solía traer en el bolsillo el Diario Popular; Amélia se interesaba ante todo por el folletín, la Sanjoaneira por las correspondencias amorosas en los anuncios.

—¡Pero fíjense qué poca vergüenza!… —decía, deleitándose. Entonces Amaro hablaba de Lisboa, de escándalos que le había contado su tía, de los aristócratas que había conocido «en casa del señor conde de Ribamar». Amélia, fascinada, lo escuchaba con los codos sobre la mesa, royendo lentamente la punta de un palillo.


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