El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y le ponía la mano en el hombro, y sus ojos se encontraban.
Con las piernas estiradas y la servilleta sobre el estómago, Amaro se sentía cuidado, disfrutaba mucho en el buen calor de la sala; después del segundo vaso de Bairrada se volvía expansivo, hacía chistes; incluso algunas veces, con un brillo tierno en la mirada, tocaba fugitivamente el pie de Amélia por debajo de la mesa; o adoptando un tono sentimental, decía «que mucho le pesaba no tener una hermanita así».
A Amélia le gustaba mojar la miga del pan en la salsa del guiso; su madre le decía siempre:
—Me repugna que hagas eso delante del señor párroco.
Y él, entonces, riendo:
—Pues mire, a mí también me gusta. ¡Qué simpatía! ¡Qué magnetismo!
Y ambos mojaban el pan y reían muy alto, sin motivo. Pero la tarde declinaba, la Ruca traía la lamparilla. El brillo de los vasos y las lozas alegraba a Amaro, lo enternecía más; llamaba «mamá» a la Sanjoaneira; Amélia sonreía con la mirada baja, mordiendo con la punta de los dientes cáscaras de mandarina. Al poco rato llegaba el café; y el padre Amaro se quedaba mucho tiempo partiendo nueces con el mango del cuchillo, y quebrando la ceniza del cigarro en el borde del platillo.