El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Bajaba, hojeaba su breviario; pero la voz de Amélia se oía arriba, el tic-tic de sus botines sonaba sobre el entarimado… ¡Adiós! La devoción caía como una vela a la que falta el viento; los buenos propósitos huían y volvían en aluvión las tentaciones a apoderarse de su cerebro, estremeciéndolo, arrullándolo, rozándose las unas con las otras como una bandada de palomas que regresan al palomar. Quedaba completamente agotado, sufría. Y añoraba entonces su libertad perdida: cómo le gustaría no verla, estar lejos de Leiría, en una aldea solitaria, entre gente pacífica, con una criada vieja rebosante de refranes y economías, y pasear por su huerta cuando las lechugas verdean y los gallos cacarean al sol. Pero Amélia, arriba, lo llamaba. Y el encantamiento comenzaba de nuevo.
La hora de comer, sobre todo, era su hora peligrosa y feliz, la mejor del día. La Sanjoaneira trinchaba, mientras Amaro conversaba escupiendo los huesos de las aceitunas en la palma de la mano y poniéndolos en fila sobre el mantel. La Ruça, cada día más héctica, servía mal, tosiendo continuamente: algunas veces Amélia se levantaba para ir a buscar un cuchillo o un plato al aparador. Entonces Amaro, deferente, quería ser él quien se levantase.
—¡Déjese estar, déjese estar, señor párroco! —decía ella.