El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro A Amaro le parecían admirables aquellas uñas, porque todo lo que era ella o venía de ella le parecía perfecto: le gustaba el color de sus vestidos, su andar, su forma de pasar los dedos por el pelo, y hasta miraba con ternura la ropa interior que ella ponía a secar en la ventana de su habitación, sujeta a una caña. Nunca había vivido en tanta intimidad con una mujer. Cuando veía entreabierta la puerta de su habitación, deslizaba hacia dentro miradas golosas, como quien atisba las perspectivas de un paraíso: un refajo colgado, una media extendida, una liga que había quedado sobre el baúl, eran como revelaciones de su desnudez que le hacían apretar los dientes y palidecer. Y no se hartaba de verla hablar, reír, caminar con las faldas muy almidonadas rozando los marcos de las puertas estrechas. A su lado, sin fuerzas, muy débil, se olvidaba de que era un cura; el sacerdocio, Dios, la catedral, el pecado quedaban abajo, lejos. Los veía muy difusos desde lo alto de su embeleso, como desde un monte se ven desaparecer las casas entre la niebla de los valles; y sólo pensaba entonces en la dulzura infinita de darle un beso en la blancura de su cuello, o en mordisquearle una orejita.
A veces se rebelaba contra estos desfallecimientos, pateaba:
—¡Diablos, hay que tener juicio, hay que ser hombre!