El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡No le haga caso, señor párroco! —exclamó la Sanjoaneira—. ¡Qué disparate! ¡Eso es por darle confianzas…!
Pero Amaro se ofreció, riendo, muy contento: él estaba allí para lo que quisiesen, ¡hasta para devanar! ¡A mandar, a mandar! Y las dos mujeres reían con una risa cálida, encantadas de aquella manera de ser del señor párroco, «¡que hasta tocaba el corazón!». A veces Amélia dejaba la costura y ponía el gato en su regazo; Amaro se acercaba, pasaba la mano por el espinazo de Maltés, que se curvaba emitiendo un ronroneo feliz.
—¿Te gusta? —le decía ella al gato, un poco colorada, con la mirada muy tierna.
Y la voz de Amaro murmuraba, turbada:
—¡Gatito michino, gatito michino!
Después la Sanjoaneira se levantaba para darle el remedio a la idiota o para ir a charlar a la cocina. Se quedaban solos; no hablaban, pero sus ojos mantenían un largo diálogo mudo que los iba penetrando de la misma adormecida languidez. Entonces Amélia canturreaba en voz baja el Adeus o el Descrente; Amaro encendía un cigarro y escuchaba, balanceando la pierna.
—¡Qué bonito es eso! —decía.
Amélia cantaba con más convicción, cosiendo deprisa; y cada poco tiempo, irguiendo el busto, miraba el hilvanado o el pespunte, pasándole por encima, para fijarlo, su uña pálida y larga.