El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ella se reía; conversaban. La Sanjoaneira sabía las cosas interesantes del día: que el comandante había despedido a la criada; o que había quien le ofrecía diez monedas por su cerdo a Carlos el del Correo. De vez en cuando la Ruça iba al armario a buscar un plato o una cuchara: entonces se hablaba del precio de las cosas, de lo que había para comer. La Sanjoaneira se sacaba las gafas, cruzaba la pierna y, balanceando el pie calzado con una chinela de orillo, se ponía a recitar los platos:
—Hoy tenemos garbanzos. No sé si le gustarán, señor párroco; es por variar.
Pero a Amaro le gustaba todo; y en algunas comidas incluso descubría afinidades de gusto con Amélia.
Después, animándose, le revolvía en el cesto de la costura. Un día había encontrado una carta; le preguntó por el galanteador; ella respondió, pinchando vivamente el pespunte:
—¡Ay! A mí no me quiere nadie, señor párroco.
—No es tan asi… —intervino él. Pero se detuvo, muy colorado, simulando toser.
Amélia a veces se comportaba de modo muy familiar, un día hasta le pidió que le sostuviese una madejita de seda que iba a devanar.