El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y cuando, tras haber besado el altar, bajaba Amaro desde lo alto de los escalones para impartir la bendición, estaba ya pensando en las delicias del desayuno y en las buenas tostadas en el claro comedor de la Sanjoaneira. A aquella hora ya Amélia lo esperaba con el cabello caído sobre el peinador, llevando sobre la piel fresca un rico aroma a jabón de almendras.
Normalmente al mediodía Amaro subía al comedor, donde Amélia y su madre cosían. «Me aburría abajo, vengo un poquito a la tertulia», decía. La Sanjoaneira, sentada en una silla baja al lado de la ventana, con el gato acurrucado sobre el vuelo del vestido de merino, cosía con sus lentes sobre la punta de la nariz. Amélia, junto a la mesa, trabajaba con el cesto de la costura al lado: la cabeza inclinada sobre la labor dejaba ver su raya fina, nítida, un poco ahogada por la abundancia del cabello; sus grandes pendientes de oro, en forma de gotas de cera, oscilaban, hacían temblar y crecer sobre la delgadez del cuello una débil sombra; las leves ojeras de color bistre se difuminaban delicadamente sobre su piel de un trigueño tierno vivificado por una sangre vigorosa; ¡y su pecho lleno respiraba pausadamente! Algunas veces, clavando la aguja sobre la tela, se desperezaba despacito, sonreía cansada. Entonces Amaro bromeaba:
—¡Ah, perezosa, perezosa! ¡Miren qué mujer de su casa!