El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Se estremeció ante aquella oscuridad, ante aquella mudez de villa adormecida. Y sintió elevarse otra vez, desde las profundidades de su ser, el amor que había sentido al principio por ella, muy puro, de un sentimentalismo devoto: veía su hermosa cabeza, de una belleza transfigurada y luminosa, destacando en la negrura espesa del aire; y toda su alma fue hacia ella en un desfallecimiento de adoración, como en el culto a y en la Salutación Angélica; le pidió perdón ansiosamente por haberla ofendido; le dijo en voz alta: «¡Eres una santa! ¡Perdón!». Fue un momento muy dulce, de renuncia carnal… Y casi sorprendido por aquellas delicadezas de sensibilidad que descubría de pronto en sí mismo, se puso a pensar con añoranza que, si fuese un hombre libre, ¡seria un marido tan bueno! Amoroso, delicado, detallista, ¡siempre de rodillas, siempre adorador! ¡Cómo a su hijo, muy pequeñito, cuando le tirase de las barbas! Ante la idea de aquellas felicidades inaccesibles, los ojos se le inundaron de lágrimas. Maldijo, desesperado, «¡a la urraca de la marquesa, que lo había hecho cura!». ¡Y al obispo que lo había ordenado!

—¡Me han arruinado! ¡Me han arruinado! —decía, un poco desquiciado.



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