El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El hombre tartamudeaba, se había sacado el sombrero y dejaba ver sus cabellos blancos; parecía un antiguo criado de labor envejecido en el trabajo; tal vez era abuelo. E inclinado, rojo de vergüenza, ¡se encogía contra los setos para dejar pasar en el estrecho camino de carros a los señores curas, joviales y excitados por el vinazo!
Amaro no quiso acompañarlos hasta la hacienda. Al final de la aldea, en el crucero, tomó el camino de Sobros y torció hacia Leiría.
—Mire que hasta la ciudad hay una legua —le decía el abad—. Voy a ordenar que le aparejen la yegua, colega.
—Déjese de historias, abad, ¡tengo buenas piernas! —Y, terciando alegremente la capa, se marchó canturreando el Adeus.
Al llegar a A Cortegaça, el atajo de Sobros discurre junto al muro de una finca cubierto de musgo y erizado en lo alto de brillantes culos de botella. Cuando Amaro llegó cerca del portón por donde entraban los carruajes, bajo y pintado de rojo, encontró en medio del camino, quieta, una gran vaca pinta; Amaro, divertido, la espoleó con el paraguas; la vaca trotó, meneando la papada, y Amaro, al volverse, vio en el portón a Amélia, que lo saludaba muy risueña:
—¿Así que espantándome el ganado, señor párroco?