El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Delante de todos iba el padre Natário: llevaba la capa sobre el brazo, arrastrándola por el suelo; la sotana desabotonada por detrás dejaba ver el forro inmundo del chaleco; y sus piernas descarnadas, con las medias negras de lana llenas de remiendos, zigzagueaban y lo lanzaban contra el zarzal.
Y mientras, Brito, entre grandes efluvios de vino, bufaba:
—¡Yo sólo quedaría contento cogiendo un garrote y moliéndolo todo a palos! ¡Todo!
¡Y hacia un gesto inmenso que abarcaba al mundo!
Tem as asas quebradas riáo pode agora…
Plañía detrás el Libaninho. Pero de pronto se detuvieron delante, Natário gritaba con voz enfurecida:
—¡Burro! ¿Es que no ve? ¡Bestia!
Era en un recodo del atajo. Había tropezado con un viejo que llevaba una oveja; estuvo a punto de caerse; y lo amenazaba con el puño cerrado, lleno de rabia vinosa.
—Tenga Su Señoría la bondad de perdonarme —decía humildemente el hombre.
—¡Bestia! —gritaba Natário con los ojos llameantes—. ¡Voy a partirlo en dos!