El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Fueron por el atajo de A Barrosa, un estrecho camino de carros. El día estaba muy azul, con un sol templado. La vereda seguía entre muros erizados de zarzas; más allá se extendían los campos llanos cubiertos de rastrojos; entre trecho y trecho sobresalían con gran nitidez los olivares, con su follaje fino; hacia el horizonte se curvaban colinas cubiertas por el ramaje verdinegro de los pinos; había un gran silencio; sólo a veces, a lo lejos, gemía un carro en algún camino. Y en medio de aquella serenidad del paisaje y de la luz, iban los padres caminando despacio, trastabilleando un poco, con la mirada encendida, el estómago harto, bromeando y sintiendo que la vida era buena.

El canónigo Dias y el abad, cogidos del brazo, caminaban balanceándose.

Brito, al lado de Amaro, juraba que le bebería la sangre al mayorazgo de A Cumeada.

—Prudencia, colega Brito, prudencia —decía Amaro, chupando el cigarro.

Y Brito, con andares de carretero, mascullaba:

—Voy a comerle los hígados.

El Libaninho, detrás, solo, canturreaba en falsete:

Passarinho trigueiro, salta cá lora…


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