El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Déjame, hombre. Era sargento de cazadores.
Hubo una enorme risotada.
El Libaninho había quedado extasiado.
—¡Sargento de cazadores! —decía, levantando las manos con brío beato—. ¡Mi querido san Ignacio! ¡Bendito y alabado sea por toda la eternidad!
Y entonces el abad propuso que fuesen a tomar café bajo la parra.
Eran las tres. Al incorporarse, todos se tambaleaban un poco, eructando formidablemente entre grandes carcajadas; sólo Amaro tenía la cabeza lúcida, las piernas firmes; y se sentía muy tierno.
—Pues ahora, colegas —dijo el abad, sorbiendo la última gota de café, lo que viene al pelo es un paseo hasta la hacienda.
—Para hacer la digestión —rezongó el canónigo, poniéndose en pie con dificultad—. ¡Vamos a la hacienda del abad!