El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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La sobremesa fue larga, muy paladeada. Natário se había puesto tierno, hablando de sus sobrinas, «sus dos rosas», y citaba a Virgilio, mojando las castañas en vino. Amaro, completamente repantigado en su silla, con las manos en los bolsillos, miraba maquinalmente hacia los árboles del jardín, pensando vagamente en Amélia, en sus formas; incluso suspiró deseándola, mientras el padre Brito, excitado, quería convencer a los republicanos a garrotazos.

—¡Viva el garrote del padre Brito! —gritó entusiasmado el Libaninho.

Pero Natário había empezado a discutir con el canónigo sobre historia eclesiástica; y muy polemizador, volvió a sus argumentos vagos sobre la doctrina de la gracia: afirmaba que un asesino, un parricida podría ser canonizado, ¡si se hubiese manifestado el estado de gracia! Divagaba, con frases de escuela que hacían que se le trabase la lengua. Citó santos que habían escandalizado; otros que por su profesión tenían que haber conocido, practicado, amado el vicio. Exclamó, con las manos en la cintura:

—¡San Ignacio fue militar!

—¿Militar? —chilló el Libaninho. Y levantándose, corriendo hacia Natário, echándole un brazo al cuello, con ternura pueril y vinosa—: ¿Militar? ¿Y qué era? ¿Qué era mi adorado san Ignacio?

Natário lo rechazó:


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