El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pongo dos objeciones… —gritó Amaro, dedo en ristre, en actitud polémica.
—¡Pero hijos! ¡Pero hijos! —intervino, afligido, el buen abad—. ¡Dejen la sabatina! ¡Que ni les va a saber el arrocito!
Sirvió el vino de oporto para calmarlos, llenando los vasos despacio, con las precauciones de rigor.
—¡Mil ochocientos quince! —decía—. Esto no se bebe todos los días.
Para saborearlo, después de hacerlo brillar a la luz en la transparencia de los vasos, se arrellanaron en los viejos sillones de cuero; ¡comenzaron los brindis! El primero fue por el abad, que musitaba: «Muy honrado… muy honrado…». Tenía los ojos húmedos de satisfacción.
—¡Por Su Santidad Pío IX! —gritó el Libaninho levantando su cáliz—. ¡Por el mártir!
Todos bebieron emocionados. El Libaninho entonó con voz de falsete el himno de Pío IX; el abad, prudente, lo mandó callar a causa del hortelano que podaba el boj en el jardín.