El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Pero, señores! —gritó Natário, furioso por la contradicción—. Lo que yo quiero es que me respondan a esto. —Y volviéndose hacia Amaro—: Usted, por ejemplo, que acaba de desayunar, que se ha comido su pan tostado, se ha tomado su café, se ha fumado su cigarro y después va a sentarse al confesionario, preocupado a veces por asuntos familiares, o por problemas de dinero, o con dolor de cabeza, o con dolor de barriga, ¿se cree usted que está allí como un Dios para absolver?

El argumento sorprendió.

El canónigo Dias, dejando el cubierto sobre la mesa, levantó los brazos y con una solemnidad cómica exclamó:

Hereticus est! ¡Es un hereje!

Hereticus est! También yo lo digo —murmuró el padre Amaro.

Pero Gertrudes entró en ese momento con la gran fuente de arroz con leche.

—No hablemos de esas cosas, no hablemos de esas cosas —dijo entonces prudentemente el abad—. Vamos con el arrocito. Gertrudes, ¡trae para aquí la botellita de oporto!

Natário, inclinado sobre la mesa, aún le arrojaba argumentos a Amaro:

—Absolver es ejercer la gracia. La gracia sólo es atributo de Dios: en ningún autor se encuentra que la gracia sea transmisible. Así que…


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