El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El abad protestaba, diciendo:
—¡Oh, Natário, querido! ¡Eso no!
El Libaninho se había santiguado; y decía que «estaba tan aterrorizado que hasta le temblaban las piernas».
Natário se enfadó:
—Entonces, ¿acaso queréis decirme —gritó— que cualquiera de nosotros, por el hecho de ser cura, porque el obispo le haya impuesto tres veces las manos y porque le haya dicho el accipe, tiene la representación directa de Dios, que es Dios mismo para poder absolver?
—¡Sin duda! —exclamaron—. ¡Sin duda!
Y el canónigo Dias dijo, revolviendo con el tenedor un montoncito de judías:
—Quorum remiseris peccata, remittuntur eis. Es la fórmula. La fórmula lo es todo, amigo…
—La confesión es la esencia misma del sacerdocio —soltó el padre Amaro con gesto escolar, fulminando a Natário—. ¡Lea a san Ignacio! ¡Lea a santo Tomás!
—¡A por él! —gritaba el Libaninho, saltando en la silla, apoyando a Amaro—. ¡A por él, amigo párroco! ¡Láncese al cuello del impío!